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Yaguarete Un "tigre" en la Estancia Ventrencó Imprimir E-Mail
Yaguareté, La Ultima Frontera

DE PAMPA ADENTRO

Un "tigre" en la Estancia Ventrencó

(Por Roberto González - Santa Rosa- Exclusivo para El Norte en movimiento).- Se había pospuesto la salida para el domingo porque el sábado los apicultores debían esperar al camión que traslada la “cera estampada” y hacer el trueque por la “cera bruta de apiario y de cosecha”.

Epígrafe foto: Año 1903, hembra de yaguareté capturada en la estancia San Basilio, ubicada entre Rancul y Chamaicó. (Foto: gentileza Raúl Leonardo Carman) Bañados del Rio Atuel, Humedal de Importancia Internacional, Sitio Ramsar

Por eso pensé que nuevamente postergaría una charla con don Paulino Fuentes (“Pablito”), por ser fugaz la estadía en su puesto bardino del paraje “La Puntilla” en el rincón noroeste de La Pampa.

Sin embargo en razón de que trasladábamos colmenas, con destino a esos montes, es que prácticamente no detuvimos la marcha y literalmente me tiré de la camioneta al pasar por el puesto de Pablito, porque las abejas ya venían muy inquietas, alentadas por el sol alto y la temperatura en ascenso.

Luego de saludar e intercambiar unas palabras, nos abocamos a preparar el mate y hacer el fuego para asar carne y esperar a los compañeros, algo que seguramente no se produciría antes de hora y media.

En tales circunstancias, con tantas cosas por preguntar de mi parte y teniendo enfrente a una persona como Pablito, era normal que pensara: ¿y ahora por donde empiezo?.

La charla se fue dando poco a poco y el hombre, conocedor de esas ansias por saber fue muy generoso: “…cuando era agua…” en referencia a muchos bajos cercanos al río en los que hoy ganó el monte, “…había que andar varias leguas para dar con el sitio para vadear”. Claro, por aquellos años cuando Pablito era un niño, aun no se había producido el corte definitivo del Atuel; por ello es que no sólo el río propiamente dicho, sino varios de los brazos que existían, entre ellos el Arroyo de la Barda -frente al puesto y en donde Pablito vive hace más de 50 años- alimentaban la larga e interminable cadena de bañados en los que habitaban muchas aves acuáticas entre un sinnúmero de animales, todos relacionados con aquellos humedales; numerosas especies de mamíferos hoy desaparecidos y entre ellos, dos, que son todo un símbolo de nuestros ecosistemas acuáticos: el tigre o yaguareté y el lobo de crin o aguará guazú.

Por supuesto las preguntas obligadas eran las que todos están pensando: ¿usted vio algún tigre Pablito?, ¿alguna vez le tocó lidiar con uno de ellos así como lo hace con los leones?.

Luego de un corto silencio surgió la respuesta: “No, yo nunca vi niuno (sic), calcule que yo me acuerdo de algunas cosas desde el 30 y tanto; o 40, más o menos, cuando tenía una corta edad y según se dice para entonces ya desaparecieron de aquí. Pero sí recuerdo muy bien relatos de gente mayor por aquellos años, que los vio de cerca y hasta tuvo encuentros con ellos”.

Ahí nomás se acomodó para relatarme el “caso de un tal Montenegro” narrado por el mismo, en rueda de gente de campo, sin esconder las cicatrices en pecho, cuello y hombros.

Resulta que en el año 1904, siendo Montenegro, capataz de la estancia Ventrencó, -que aún existe, cercana a Algarrobo del Aguila- y una de las más grandes explotaciones de ovinos -hasta 25 mil cabezas en esa época- tuvieron que salir a perseguir un “tigre” que estaba haciendo daño en las majadas como también, en la caballada. Con once peones bajo su mando, iniciaron la partida que, supongo, no sería distinta a la que hoy se hace cuando un león viejo se ceba con las presas fáciles.

Pero, claro, el fugitivo no era un “un simple león” (puma), este era un gato más escurridizo, ágil como aquel pero más pesado y de una fuerza y una fiereza inigualables.

A este bicho lo caracterizaba -al decir de Pablito y tal como confiara Montenegro-, una gran frialdad para “atalonarse echando culo” en un alpataco o contra un algarrobo cuando ya no podía sacarse de encima a los perseguidores o simplemente cuando él lo decidía.

Los perros no eran estorbo para el tigre -aunque sí de gran ayuda para los hombres- y a la hora en “que se acababan las palabras”, la única opción era desmontar y con el arma que se tuviera tratar de darle muerte al “salvaje”, si es que los dejaba.

Cara a cara con la fiera

Parece ser que Montenegro llevaba la decisiva y responsabilidad última, por eso es que desmontó para esos aprontes y ahí fue cuando el “tigre se le vino al humo” sin dudar, despachando de pasada a un perro de un manotazo.

La verdad es que se produjo un gran desbande en la escena y los peones huyeron en tropel, abandonando al hombre de a pie.

Aunque, tal vez, hayan sido los caballos que tanto o más asustados que aquellos, dispararon con sus jinetes arriba, llevándose la cabalgadura de Montenegro, que así quedó “cara a cara” con la fiera. La pelea era desigual y el hombre, no se sabe si con armas suficientes para la ocasión, llevaba las de perder sin más.

Enfrentados en un abrazo, Montenegro aseguraba que lo tuvo agarrado muy firmemente de los brazos -quizá por defenderse de las garras- que aún con mordidas y desgarros terribles, jugado el hombre, sacó fuerzas que ni conocía para contenerlo.

El caso es que el tigre en un momento aflojó y se despegó algo de su contrincante y pudo ver el hombre, algo que nunca más olvidaría: la bestia le prodigó una mirada mansa y unas lágrimas le corrieron por el morro. De un salto se apartó del hombre, caminó con recelo, meneando la cola en señal de “enojo” retirándose de la pelea para adentrarse en el monte hasta perderse, seguramente perdonándole la vida.

Esa fue la última vez que Montenegro vio un tigre en aquellas tierras de bañados, hoy secos -aunque aseguraba haber sabido de algunos- y por supuesto también sería ese el más cercano recuerdo de Pablito con uno de estos gatos.

No puedo dejar de relacionar el relato del amigo Fuentes, con las narraciones de Enrique Stieben; u, olvidar aquella foto de 1903 que atestigua “el último tigre que vivió en tierras pampeanas”, muerto en Rancul, en la primera década de 1900; tampoco el relato de Raúl L. Carman que muy bien cuenta aquello del “Tigre de tiro…” que don Feliciano Calderón supo llevar a la sidera en algún campo del sureste de La Pampa en los últimos años del siglo XIX.

Esta narración, tomada el 16 de setiembre de 2012, nace con el objeto de colaborar en la tarea de cuidar los escasos tigres que quedan en nuestro país.

Además para dar testimonio de que, en muchos lugares estuvo y hoy ya no está; pero, fundamentalmente, para dar fe que si estuvo fue porque el ambiente lo hacía posible.

Eso dejó de ocurrir justamente a principios del siglo XIX cuando Mendoza, luego de desviar el río Diamante, comenzó a cortar esporá- dicamente el río Atuel para hacerlo de manera definitiva en 1947.

El corte del Atuel, generó la más abominable desertificación de bañados, que alcanza a casi un millón y medio de hectáreas, constituyéndose en una de las catástrofes más grandes de degradación ambiental, de la que somos testigos.

Artículo relacionado: Nuestro Tigre "El Nahuel de las Pampas" http://www.alihuen.org.ar/fauna/nuestro-tigre-el-nahuel-de-las-pampas.html

 
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